SUEÑOS DE GAS

Redacción 01 de febrero del 2019 - 9:56 AM

Por Ántero Flores-Aráoz

Desde tiempos inmemorables, cuando había personas que desvariaban con conceptos equivocados o que eran exageradamente optimistas en sus apreciaciones, contrariando la realidad, simplemente decíamos que cultivaba “sueños de opio”.

En estos tiempos en que tanto se habla de las maravillas del gas y de la sugerencia desde Bolivia de vendernos el suyo para consumo masivo, me he interesado en el asunto, pese a no haber tenido mayor conocimiento del tema, y el resultado de mis indagaciones y disquisiciones lo expongo en este pequeño artículo, advirtiendo que en estos tiempos podríamos cambiar la expresión “sueños de opio” por la de “sueños de gas”

En 1968, tras un golpe militar, asume la Presidencia de la República irregularmente, el General Juan Velasco Alvarado, que dio impulso a la exploración petrolera en nuestra selva, y más por el optimismo que por estudios técnicos, llevó al país a invertir en el oleoducto nor-peruano para que el petróleo extraído en Loreto pudiese ser procesado en la refinería de Talara. La explotación petrolera fue insatisfactoria, pese a lo cual se ha comprometido al Perú con la modernización de la refinería, a costo sideral que no se justificaría con la insuficiente producción petrolífera.

Más tarde se descubrió como fuente energética el gas de Camisea, pero el chauvinismo de algunos políticos y autoridades de la zona, postergaron la utilización del producto por muchos años, y cuando ya teníamos prospecciones que nos hacían pensar en cambio de matriz energética, resucitó el populismo, que solamente estaba dormido, para prometer bajar el precio del balón de gas a doce soles, y hacer que su consumo fuese masivo.  Resultado: ganó las elecciones del 2011 quien propuso lo imposible.

Como quiera que las zonas más pobres del sur peruano, reclaman por carecer de gas para consumo doméstico, pese a tenerlo en el subsuelo y, ya están convencidos, que no hay forma que el galón de gas se venda a doce soles, salvo subvención estatal carísima, los “entendidos” dijeron que debía existir un gasoducto, que en su trayecto suministre gas a las zonas deprimidas, tanto urbanas como rurales. Suena bien, pero ello no es factible, debido a que su alto costo no podría ser asumido por los usuarios, así se agregue al precio del producto, y peor todavía, no habría quien financie las redes domésticas si se tiene en cuenta el reducido consumo del gas en viviendas modestas y rurales. La masificación un sueño.

Acá también hay un problema logístico, muchas comunidades quedan alejadas entre sí, lo cual hace inviable el lanzamiento de ramales del gasoducto principal, esto sin  saber a ciencia cierta si existe demanda suficiente para que el ducto principal sea económicamente rentable

Si tenemos el GLP, que es un derivado del gas natural que explotamos y por lo tanto no tenemos que importarlo, que en balones se puede llevar hasta en bicicleta, lo que encarece el suministro es el transporte automotor hasta donde habitan los lejanos pero posibles consumidores, siendo muchísimo menos costoso el subsidio de transporte que el de las redes de distribución a domicilios. Por lo demás el Fondo de Inclusión Social Energético (FISE) es insuficiente para el subsidio.

No deja de ser importante el que la sobre regulación en el sector de GLP aumenta considerablemente los costos.

Bolivia dice querer vender gas al Perú, pues en buena hora, siempre que asuma el costo del gasoducto y las redes de distribución, aunque también podría competir con los distribuidores de GLP mediante su distribución en el Altiplano que compartimos con lo que fuera el Alto Perú.

Desterremos los sueños de opio o de gas, resucitando el realismo por más crudo que sea.